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El Quijote y el Misterioso Cervantes

Por qué debemos leer el Quijote:

¿Nos hemos olvidado de leer el Quijote, o incluso muchos jamás se han acercado a sus páginas? Vaya por delante que con esta creación, Miguel de Cervantes le concedió carta de naturaleza al castellano, convirtiéndola además en una obra paradigmática de la literatura universal y definidora del pensamiento moderno español y europeo.

En estos tiempos en los que a las autoridades culturales parece importarles más el mediático espectáculo de los chef, los personajillos de papel cuché, las celebridades glamurosas y la idolatría de una televisión insustancial, la lectura del Quijote puede abrir un mundo inédito que acercará al lector a la sorpresa, la ingeniosidad, el asombro, a la belleza estética y a la sublimidad, que aquellos jamás podrán ofrecernos.

El Quijote posee el poder de crear espectáculos interiores en nuestra mente, que nadie puede sustraérnoslos, porque serán únicamente nuestros, y afectarán a nuestros sueños y fantasías personales.

La sociedad nos ofrece hoy eficaces y apasionantes ídolos del espectáculo cultural, que nos sustraen de la lectura. ¿Pero se puede conocer con sólo ellos la esencia del ser humano y desentrañar de forma inteligente el mundo que nos rodea? Posiblemente no. Hoy nos movemos en espacios tecnológicos, economicistas y cibernéticos que nos apartan de pensar y nos conduce a una frustración vital. Sin embargo con la lectura de las apaleadas peripecias del Caballero de la Triste Figura, y como por arte de ensalmo, nos transformaremos en seres más racionales, más críticos y más libres.

Esa es la grandeza de este libro intemporal, universal y eterno.

El Quijote es una novela subversiva y revolucionaria en sí misma, y sus enseñanzas pueden ser aplicadas a los problemas concretos que nos plantea la vida actual, como erigirse también en la tesis medular de la interpretación mística de nuestra España y del universo en general. Sus capítulos son una iluminación global para movernos en nuestra época, aunque recree el mundo del siglo XVI, al que agrega múltiples derivaciones que por sí mismas constituyen un modo de comprender el alma humana.

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Este libro, como insistía el poeta Heine, no fue escrito para que lo leyeran los "cervantistas", sino el pueblo, para escapar de la cárcel de la opresión: "El hambre que sube de Andalucía, se junta con la peste que baja de Castilla", dice Don Quijote. O esa brillante definición de los dos tipos de españoles: "los de tener y los de no tener". ¿Los de hoy?

Don Miguel aseguraba que su trabajo cumbre no era Don Quijote, sino su postrera novela: "Persiles y Segismunda". Todo un misterio sin desvelar, como su infancia, su juventud y su madurez creativa. La existencia del autor está llena de digresiones reveladoras, e irrumpe en el mundo literario en una edad avanzada para su época - tenía 58 años cuando escribió la primera parte del Quijote-, fatigado, frustrado, maltratado por el albur del destino, e incomprendido por quienes eran los deseados por el público, como Lope de Vega, o Guillén de Castro.

Desconocemos si don Miguel fue consciente de haber creado un nuevo género literario, la novela moderna y total, la gran sátira social de la historia, donde se ofrecía al lector un infinito estereotipo de personajes: caballeros legendarios, fantasmas del pasado, ejércitos claudicantes, criadas libertarias, nobles empobrecidos, mesoneros descreídos, barberos sentenciosos, frailes inquisidores y bachillres magnánimos.

Cervantes, cuando escribe la primera parte de su gran obra, desaba emular a su gran rival, la <novela picaresca>, pero no para arrogarse el bálsamo de la risa, o suplicar la lástima del lector, sino para censurar a una sociedad jerarquizada, injusta y rígida, tutelada por los principios del rechazo por nacimiento de sangre, las ideas reformadoras de Trento, o el sistema gubernamental corrupto, como el de Felipe III, a través de su venal válido el conde de Lerma, que su mente racional no toleraba. El autor sufre y vive el ocaso del Imperio Hispano, como nadie.

Su efímera visión del mundo y su experiencia de hombre desengañado de la vida, impregnan de escepticismo el Quijote, una novela de asombrosa originalidad, donde Cervantes recurre al atrevimiento, la mordacidad y a la ironía para denunciar los despropósitos de una España decadente, que muy ben podría ser la de hoy.

El Quijote, nada más aparecer en Valladolid, en Navidad de 1604, se extendió por el resto del país, América y Europa, y se tienen noticias de que en el Carnaval de Perú las gentes se disfrazaban de quijotes y sanchos. La primera edición se imprimió con papel de ínfima calidad del molino del Paular, y costaba 290 maravedíes. Cervantes la escribió con presura, como lo testimonia que a la mujer de Sancho la designara por igual como Teresa Panza, Juana Gutiérrez, Juana Panza o Teresa Cascajo.

Todos llevamos dentro de nosotros un "quijote" y un "sancho", porque la realidad y los sueños habitan por igual en nuestra alma. Leamos el Quijote, y aprendamos a cómo avenirlos, para nuestro sosiego.

Don Quijote, un rentista arruinado, podría ser el mismo Cervantes, que narra su vida en primera persona, y nos ofrece su visión del mundo. Como el caballero que creó, Don Miguel pudo extraviar la cabeza, sin llegar a perder la razón, que ésta la tuvo siempre, y en gran medida, y como decía Azorín, su monumental novela, que ni el mismo autor llegó a sospechar su mérito, se ha hecho imprescindible con el correr de los siglos.

Cervantes desmonta los mecanismos del Estado corrupto de su época, y le contrapone como únicos remedios: la honradez, el trabajo, la amistad, la bondad, el buen gobierno del reino, -el concepto de España es aún una ilusión-, la belleza de los libros, la generosidad, la solidaridad, la justicia, la inclinación al bien y a la libertad.

No ofrezcamos espacios a la duda, ahora que celebramos el cuarto centenario de la muerte del genial don Miguel, amigo, según el escritor Wladimir Nabokoc, de truhanes, rameras, tabernas y naipes. En el Quijote se despeñan a torrentes de episodios que nos ayudarán a encontrarnos con sentimientos que se nos están olvidando: el humor, la humanidad, la compasión, la tolerancia y la trascendencia del ser humano, frente a la estulticia, el fanatismo, el despropósito político, la codicia del depredador financiero, la envidia, la vileza y la tiranía.

Por ello ruego que no curemos nunca la locura de don Alonso Quijano, para seguir sobreviviendo en un caos de contradicciones como en el fuego de la intransigencia, porque sumergirnos en sus páginas es ingresar en un mundo fascinante, donde lo imposible puede ser posible.


Jesús Maeso de la Torre

Escritor